Me creo en un cuarto de hotel. A lo lejos escucho el romper de las olas en la playa (muy a lo lejos, aquí el único mar que veo es el de gente pasar e ignorar). Hace el calor necesario y el viento reseco provoca más sed de la habitual. Se antoja un trago de cerveza helada con un cuarto de limón y seis granos de sal.
Me encuentro con las limitaciones de una imaginación desgastada. Es un hotel de Guadalajara. Es además un hotel bastante pintoresco para el precio. Escucho los autos ir y venir en busca del siguiente lugar para descansar mientras sus conductores buscan algo de alcohol y con suerte una fulana. Ya no sé distinguir si la sirena que escucho es de patrulla o ambulancia. Qué más da si es un mofle o un disparo; me despertó y me obligó a tomar la pluma. Intentaré describir lo que sucederá: Salgo de mi habitación para buscar algo de hielo para saciar el calor de la noche. En el camino me encuentro a un par de tipos en bata que salieron por los cubos para enfriarle los pezones a la prostituta (o prostituto, en mis narraciones no se discrimina a nadie) en turno. Trato de abstraerme en recordar que página del Final del juego es la última que leí ya que perdí el separador que compré cuando conocí a Marisela; un separador muy chistoso de un ratón tomando de la mano a una gata frente a los padres del ratón, el ratón dice <mamá, papá, ella es mi novia, nos conocimos por internet>. Llego a mi habitación y tomo el vaso, le pongo hielos, lo lleno hasta la mitad de tequila y medio completo con coca-cola.
A mitad del cigarrillo que se posa en el cenicero comienzo a desesperarme y se me agudiza el oído. En la habitación del lado izquierdo está un hombre como de cuarenta y tres años viendo en la televisión (a todo volumen) el partido que presenció hace unas horas en el Jalisco, bebe in six de Tecate mientras les grita groserías a los monitos dentro de la caja. Arde en furia porque perdió el Pachuca y desde allá se vino él.
En el lado derecho está otro hombre con una mesa plegable; está escribiendo, más que escribir llena unas hojas con letras (eso lo supongo por la velocidad con que lo hace). Se trata de un vendedor que viene desde Tijuana para hacer control en alguna sucursal de su empresa. Tiene prisa por irse; su hija se casa en dos días y quiere estar con ella. Quiere estar con ella porque quiere quedar bien frente a la familia del novio. Es el tipo de persona que pide un cigarrillo a pesar de que, claramente, tiene su propio atado en el bolsillo de la camisa. Esto últmo lo sé porque a mí me pidió uno. Cuando termine con su trabajo se pondrá a empacar las toallas y las fundas del hotel… quizás hasta la biblia que se acostumbra dejar en el cajón del buró, creo que todos los cuartos tienen una, no tengo la certeza porque no he revisado.
En el cuarto de enfrente hay un hombre efectivamente con su prostituta (digo que es suya porque ha pagado para poseerla unas horas). Él está arriba (en lo que quiero suponer es la posición del misionero) mientras ella ve un infomercial de algún aparato para bajar tallas. No lo necesita; tiene un cuerpo muy bien formado. A decir verdad tiene un cuerpo esplendoroso, casi comparable a la belleza de su rostro a pesar de lo demacrado que está. Por azares del destino terminó fumando crack unos años antes con un tipo que le prometió entregarle su vida… todo lo contrario. Ahora es un infomercial de unos zapatos mágicos que adelgazan y ella piensa con simpatía cómo se vería vendiendo su cuerpo con ese milagro puesto. Sigue gimiendo.
En un cuarto que no puedo ubicar hay una mujer con un ojo morado. Escapa de su marido golpeador. Acostada con su hijo de cinco años entre los brazos. El niño pretende dormir y no le queda más que sollozar por dentro y sentir la humedad en su cabeza por las lágrimas de su madre. A pocos kilómetros está el marido buscando a su mujer para prometerle que es la última vez que lo hace. La mujer reza no sé para qué carajos si terminara regresando con el hasta morir tal como su nene que se le fue hace unas semanas.
Arriba hay dos muchachos que rentaron la habitación para poder drogarse a gusto. Quién sabe con qué se estarán enganchando, tienen de todo allá arriba, bien pareciera Pánico y locura. Sólo puedo escucharlos balbucear cosas incoherentes.
Se me terminan los cigarrillos y el alcohol. Me dan ganas como de escapar. Miro a la ventana y se antoja tremendo saltar. Lo haré. Tomo mis cosas y doy una calada final al cigarrillo. Salto. No salió como esperaba… Es la desventaja de hospedarse en el primer piso. Qué más da. Empiezo a vagar por las calles de la ciudad. Llego a casa y empiezo a creer que estoy en un hotel.
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