La Más Pequeña Montaña
Busqué demasiado el silencio hasta que encontré tu voz
Espinada, quebrada, descobijada y delicada
Viviendo a la sombra de su propia sordera incauta
Reacia de tu propia dulzura
Decidiste callar y sólo delatar tímidos instantes
Cuando mi voz se hartaba de llamar a la tuya
Y reinaba tu mirada calmando el vacío
Lacerando el viento que nos rodeaba
Descifrando lo más sagrado dentro de mí, de la tierra y de tu figura.
Entonces entendí tus ritos de tarde
Difícil secreto de mirada cortada que cubre la miel
Alcancé tu necesidad de arrojarte lejos
Desangrarte en mis manos que son tuyas
Pero rechazabas sin entender mi ofrenda
Negabas mi sacrificio para poder ser tormenta
Te negaste a ser dueña amansada
Preferiste ser ninfa en el bosque
Y yo te pedía Afrodita.
Tiempo después te encadenaste a la palabra
Así pude verte desnuda y selenita
Tenías ojos de fuego en medio del océano
Llena de toda emoción, de cuentos sinceros que dictaba mi tinta
Hallándome igual, dibujado en prohibición de la lengua
No pude decir nada fundamental para el MOMENTO
Tu cuerpo yecto
Conticinio trágico y doloroso de mi alma
No pude evitar que pasara el tiempo
Y todo se volvió un cálido lamento.
Aguda sospecha de gemidos anteriores
No te detallaban a ti misma
Eras duda y eras marea
Sabiéndote mujer efímera
Criatura bella de ensueño y muerte
Cargando tu errores hasta la cima de la más pequeña montaña
Sísifo y Eurídice
En tu piel grabados como tu destino
Sin imaginarte feliz
Ni creerme Orfeo.
Ahora estás remota y sólo me queda la espera
Sangro y lloro arena
Paciente porque debo volver
Y tú estarás a la orilla del charco
Y sabré nadar y hundirme
Regirá sobre mí aquel sentimiento de ternura y necesidad
Lograré herirte en mi propia carne
Entonces tú también serás de arena
Y cada grano será horizonte y música
Y no vendrá el hambre de los leones.
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