viernes

Ya hace tiempo...

Es tarde y volverá el sol y el sueño. Ya hace tiempo que no duermo y no sueño. No he tenido la necesidad, puesto que hay una imagen antes de cerrar los ojos. Es tarde y debería dormir, pero me hacía falta volver a sentir los ladridos de madrugada y los gallos asentir los guiños de luz. Ya es tarde y quiero soñar. Quiero volverme a contar la historia de cómo llegué a la montaña.


La Más Pequeña Montaña

Busqué demasiado el silencio hasta que encontré tu voz

Espinada, quebrada, descobijada y delicada

Viviendo a la sombra de su propia sordera incauta

Reacia de tu propia dulzura

Decidiste callar y sólo delatar tímidos instantes

Cuando mi voz se hartaba de llamar a la tuya

Y reinaba tu mirada calmando el vacío

Lacerando el viento que nos rodeaba

Descifrando lo más sagrado dentro de mí, de la tierra y de tu figura.



Entonces entendí tus ritos de tarde

Difícil secreto de mirada cortada que cubre la miel

Alcancé tu necesidad de arrojarte lejos

Desangrarte en mis manos que son tuyas

Pero rechazabas sin entender mi ofrenda

Negabas mi sacrificio para poder ser tormenta

Te negaste a ser dueña amansada

Preferiste ser ninfa en el bosque

Y yo te pedía Afrodita.



Tiempo después te encadenaste a la palabra

Así pude verte desnuda y selenita

Tenías ojos de fuego en medio del océano

Llena de toda emoción, de cuentos sinceros que dictaba mi tinta

Hallándome igual, dibujado en prohibición de la lengua

No pude decir nada fundamental para el MOMENTO

Tu cuerpo yecto

Conticinio trágico y doloroso de mi alma

No pude evitar que pasara el tiempo

Y todo se volvió un cálido lamento.



Aguda sospecha de gemidos anteriores

No te detallaban a ti misma

Eras duda y eras marea

Sabiéndote mujer efímera

Criatura bella de ensueño y muerte

Cargando tu errores hasta la cima de la más pequeña montaña

Sísifo y Eurídice

En tu piel grabados como tu destino

Sin imaginarte feliz

Ni creerme Orfeo.



Ahora estás remota y sólo me queda la espera

Sangro y lloro arena

Paciente porque debo volver

Y tú estarás a la orilla del charco

Y sabré nadar y hundirme

Regirá sobre mí aquel sentimiento de ternura y necesidad

Lograré herirte en mi propia carne

Entonces tú también serás de arena

Y cada grano será horizonte y música

Y no vendrá el hambre de los leones.


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